| María's profilePalabras que no dicen na...PhotosBlogLists | Help |
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August 24 Soledad Y desde la misma sala desde la que había visto a tanta gente cumpliendo con las visitas muchas veces obligadas, un escalofrío le acercó la seguridad de saber que aquella sería la última vez que podría hacer algo más que imaginar sentirse a su lado.
Muchas habían sido las tardes que había pasado en el mismo rincón cuando le pedían por favor que abandonase por un momento el cuarto. Muchas las palabras compartidas que le decían sin credibilidad alguna que hoy parecía encontrarse mejor y que ya quedaba menos para los tan añorados paseos cogidos de la mano en las tardes de Mayo. Demasiadas las horas de espera dentro de aquella habitación que ya parecía su casa, compensadas por la posibilidad de un solo minuto en que sus ojos se abríeran y la miraran con la intensidad perdida de sus años jóvenes. Pero aun así daba igual, sabía que allí era donde quería estar, a su lado aunque el silencio intentara cortarle el camino.
Solía leerle cada mañana los libros que les hablaban de lugares lejanos a los que algún día viajarían juntos, y luego, sin importar la hora y habiendo recitado hasta la última palabra, le contaba las cosas que harían. La gente le decía que aquello era inútil, que no podía escuchar, pero ella sabía que tras sus ojos derrados, él se iba imaginando cada rincón al mismo tiempo que su cara cambiaba y dibujaba una sonrisa, y nunca en todo aquel tiempo había permitido interrupción alguna hasta terminar. A veces, cuando llegaba la tarde le gustaba ponerle aquellas viejas canciones que solían escuchar, mientras con lágrimas recordaba los momentos que con cada una habían compartido. Otras en cambio, las pasaba en silencio disfrutando de su respirar y aprovechando cada minuto a su lado, simplemente sin hablar. Cuando se hacía de noche y llegaba la hora de marchar, sus labios se rozaban sin nunca decir adiós.
Pero aquel primer Sábado de Agosto, sin poder si quiera terminar la página del libro junto al que recorrían las calles largas de un nuevo país, le pidieron que saliera de la habitación, y aunque la voz de la enfermera le decía que sólo sería un momento, se giró y al mirarle a la cara, supo que nunca terminarian de recorrer las calles de aquel libro, y le pidió un momento a solas antes de salir. Necesitaba ese último momento, a pesar de que ambos sabían que ya no hacía falta decir nada más, ni tenían ni necesitaban más palabras que inventar.
Sintió volver los pasos que le marcaban el adiós y mientras se levantaba, le miró y se negó a si misma el beso que estaba deseando darle. No quería ese último beso, prefería dejarlo en el aire, con la posibilidad negada de otro más. Así que entre las lágrimas secas recogió el libro, y al salír de la habitación leyó la última palabra que habían compartido antes de cerrarlo para siempre, mientras se prometía no olvidarla nunca. Al fin y al cabo, se dijo, la "soledad" le acompañaría ahora el resto de su vida.
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